El éxito a la manera de Dios
31 de diciembre de 2025 | 0 Comentarios

Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso;
¿quién lo conocerá?
Jeremías 17.9

Para nuestra mentalidad occidental y posmoderna, todo parece indicar que un ministerio exitoso es aquel que es respaldado con milagros y portentos. Que hace que las multitudes salgan corriendo a recibir a Jesucristo como Señor y Salvador de sus vidas. Que llena los estadios, parques, coliseos y construye mega templos para acomodar a la gente. Que escribe libros que venden por millones y salen en todos los medios de publicidad imaginables: radio, televisión, internet, redes sociales, noticias internacionales, etc. Pero esto, aunque hasta cierto punto podría considerarse como éxito, no cuadra necesariamente con la vida y ministerio del profeta Jeremías.

Si fuese así, entonces el ministerio de Jeremías fue un estrepitoso fracaso. Y qué decir de los apóstoles de Jesús aparte de Pedro, Juan, Jacobo y Pablo, de los que la Biblia apenas hace mención, y que algunos de ellos pasaron de incógnito. ¿Fracasaron por ello? ¡Absolutamente no! Gracias a ellos es que el evangelio llegó hasta nosotros hoy.

O que pensar del ministerio de Juan el Bautista, del que aparte del bautismo en agua que realizaba en respuesta de su mensaje de arrepentimiento de pecados, no quedó registró alguno de que haya sido protagonista de algún milagro. Y que, al final de sus días, solo un puñado de sus discípulos le seguía, dado que la mayoría de ellos decidió dejarle para seguir a Jesús. Por lo menos, Juan no lo vio así. Nunca tuvo pensamientos negativos respecto a su situación. Juan, por el contrario, sabía que habría de ocurrir, pues el Espíritu Santo se lo había revelado con anterioridad y, a su vez, él se lo había comunicado a sus propios discípulos:

Vosotros mismos me sois testigos de que dije: Yo no soy
el Cristo, sino que soy enviado delante de él. El que tiene
la esposa, es el esposo; mas el amigo del esposo, que está a
su lado y le oye, se goza grandemente de la voz del esposo;
así pues, este mi gozo está cumplido. Es necesario que él
crezca, pero que yo mengüe.

Juan 3.28-30

 

¿Se indignó Juan al ver cómo la gente seguía a Jesús y se bautizaban con él (aunque Jesús no bautizaba, sino sus discípulos) mientras a él venían cada vez menos personas y que su ministerio en vez de crecer mermaba? ¡Para nada! Juan sabía cuál era su llamado, para qué había nacido y para quién lo hacía. El profeta Isaías, siglos antes, profetizó de Juan diciendo:

Una voz clama en el desierto: «Preparen el camino del
Señor; enderecen en el páramo una calzada a nuestro
Dios».
Isaías 40.3

Juan fue ese hombre del que hablaba el profeta. Y las Escrituras registran cómo se humilló para que por su humillación el nombre del Señor fuese enaltecido (ver Juan 1.27; 3.30). Juan sabía quién era el grande y para quién era la gloria. ¡Cuánto debemos aprender de su ejemplo!

Refiriéndose a Juan, mientras este esperaba su sentencia de muerte en un frío y tenebroso calabozo en los predios del palacio del rey Herodes, Jesús dijo lo siguiente: «Les digo que entre los mortales no ha habido nadie más grande que Juan» (Lucas 7.28).

¿Cuál debería entonces, ser la conclusión a la que podemos llegar? La respuesta es clara. Que el éxito no se mide por lo que se puede ver, palpar o cuantificar; el éxito se mide por lo que hay dentro del corazón de aquellos que son llamados por Dios para ser profetas a las naciones, pueblos, aldeas, iglesias y, muy importante, dentro de su propia casa.

Una vez más, afirmamos que los padecimientos de estos grandes hombres de Dios, los de la iglesia durante toda su historia, incluso los del mismo Jesucristo fueron parte de un plan divino. Al ver los resultados de la obra de cada uno, podemos concluir que lo que Dios hace siempre tiene sentido, aunque parezca ser todo lo contrario. ¡Dios nunca se equivoca!


Tomado del libro Lo que Dios hace siempre tiene sentido de Víctor A. Vázquez

 

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